Los hados del tiempo (2001)
¿Cuándo seré yo? ¿Seré hoy,
seré mañana? ¿Volveré a ser
el verdadero yo de mí,
el yo material cambiante de mi vida...?
¡Cuánto amor reconozco a lo lejos!
Y estando lejos está tan cerca...
(Porque lo que no alcanza la mano
lo recoge el cariño).
El yo cambiante de mi vida se va de mí;
ya no está en mí, ni siquiera mi memoria.
No puedo hablar, no puedo decir quién soy
a esos právidos ojos que me interrogan,
ojos profundos y oscuros como el mar
de Punta Umbría en las noches de invierno,
espejos grávidos de densa tempestad
y vuelo de gaviotas (plumas, viento, frío...)
Amar no es suficiente, es necesario,
y en el amor está el temor del deshecho,
la desnudez del alma, su miedo, su belleza.
¿Está mi alma desnuda? –Mi memoria-.
¿A quién le daré mi alma, desnuda,
que se refleje en sus ojos?
*
Huyendo de ti... Huyendo.
Aunque detrás de ti va mi pensamiento
incansable, buscando tu sonrisa.
En la tibia madrugada de mayo
brilla en mí un mar de espuma como estrellas
y se esparce su blancura y va cayendo
derritiéndose de cirios de amargura.
El sueño es imposible, se hace impenetrable,
se descalza de ilusión, se desespera;
muere en la hoguera de cariño y desamor.
La lluvia no es tus ojos negros, no tu risa,
no es que te acerques a mi, no mi prisa:
es el huracán que no alcanza mi mano.
Y doy vueltas, y el polvo se arremolina
en la más terrible de las tempestades
y quiero morir. Oigo gritos y susurros,
oigo mi voz, y se calla. Oigo el mar...
Veo la gaviota negra que me llama;
(cae una pluma como lágrima) ¿la razón?
Me depara las iniquidades de la vida.
*
Hoy quiero estar
allí, donde pintas tu risa,
en ese lugar nuevo donde me amas,
colmara mi dolor tu dulce llama
viva y fugaz; cuando te ruborizas
me interroga el malva de tu sonrisa
y no soy yo, soy más pequeño;
callo en mi dolor, renuncio al sueño
y tú me miras y te vuelves,
te vas de mí, te regocijas
en tu amable juventud; entonces duermo
entre fantasmas que atavían mi esperanza.
*
Hoy vivo en el mar,
en un mar
oscuro y triste como tu mirada.
Hoy quiero volar
más allá,
aun más lejos del rosado horizonte.
Quiero besar la luna desdeñada,
mirar al sol en las frías tardes en que me amabas,
quiero cantar como grito de llanto, como cielo
que se tiñe de azul porque el mar lo está amando.
La mar me espera en su cunita triste,
se mece de amor, y de dolor. ¡Qué estruendo
de sal, de espuma blanca como la luz!
Luz ataviada por mí, se hace oscura.
En la memoria queda, y hoy no hay luz,
la luz quedó en el pasado, que lo he hecho silencio yo.
*
Diviso en la negrura sauces en el cielo,
escucho canciones en la arboleda inmensa,
siento la humedad del eucalipto distante,
gotea de muerte este agosto ensangrentado...
La luz es esperanza y espera de alba
mientras mi corazón sufra cada segundo
sobre este papel, bajo esta luz que se apaga
como mi vida se acaba, tibia de azul.
En este arco iris decreciente me detengo
mirando otra vez el pasado que no pasa,
mostrándome aún más este dolor que queda
para que nunca aflore un nuevo sentimiento.
El amor (me pregunto si estará en lo cierto)
resonará en mí como ruido de carruajes
para mi lucidez, entre la niebla espesa
que miro con descanso y es inalcanzable.
*
Me veo en un mar, ensimismado
en lo que queda de mí, lo que seré mañana.
Siento que no dibuja ya el sol mi ventana.
¿Qué haré yo allí, qué diré?
Quisiera no hablar, si no me ahogara el silencio.
Cuando hablo yo, ¿soy yo? ¿Es otro quien habla?
No suenan mis palabras; sólo oigo llanto...
Es como fuego del infierno en primavera.
Hoy lo he perdido todo. He dejado
lo que ayer tenía; todo eso que fue nada.
Me siento vacío, despreciado, desaparecido,
y con todo aún quedo querido. Y vejado.
Las lágrimas no son para mí. Son
para quien tenga con qué enjugarlas; no para mí.
Yo sólo quiero luz, cegadora, luz secante,
luz de lo que pasa, luz de lo que no pasará.
Mi mente divaga en penumbras sin luz,
se entrega a los abismos de la noche, que me culpan
y me arrastran por desiertos del pasado y del presente.
¡Estoy dolorido, se burlan de mí! Quisiera
la muerte, porque el miedo a despertar
es más profundo.
*
¿Por qué es tan triste tu mirada?
¿Qué forma asesinó tu alegría?
¿Qué sombra acometida en el pasado
hiela mis bellos parajes y reconozco?
Tus ojos son más hermosos en la inmensidad.
Deja que claree de azul tu rostro
yo, de mi vivo azul que ahora reencuentro en tus palabras.
Hoy seguiré llorando,
y mis lágrimas disiparán tu cielo atormentado.
¡Grítame con voz inquebrantable,
que se avecina el fin de los tiempos de dolor!
*
Rápidamente pasa la vida,
todo se esparce como un sueño incontrolado.
No tengo amor, no el suficiente para contemplar.
OH Dios, ¿quién me arrancará esta insoportable sensación de hastío?
No sé qué haré, aunque lo hecho ya me mata,
me supone ser yo, mas ¿qué yo?
¿Acaso este yo de dolor, miedo y lágrimas?
Quizá sea el yo que un día tuviste en tus manos.
Vaya ya la noche, la pena, la necesidad de tu imagen;
vaya mi locura, mi tristeza vaya toda con Dios.
¡Cuánta risa dibujada que ahora la amargura borra!
Queda nada, nada como tenues manchas de desamor.
Una visión me acecha desde lo más profundo.
Quiero el sol, como ayer, otra vez hoy lo ansío,
todo a través de mí, limpie la huella
oscura que dejas con tus pasos y jamás se desvanece.
*
Tus bellos ojos se acercan despacio,
responden alegres a mi llamada,
me colman de un amor cálido, inmenso,
como inmenso es Dios, el cielo, el mar todo.
Alguien lleva tu cuerpo entre sus brazos
mientras caminas por la nada etérea,
te sostiene en su regazo; de él sólo
es tu cuerpo, esa parte que ignoro.
La luna es blanca y es temprana,
el sol la quema y ella brilla.
¡Bella damisela que aún fulge
en su claridad repulida!
*
Perdido en mi sonido,
en mi crujir de dedos,
en la noche infinita
estoy perdido.
Miro la luna húmeda
y la oculto en mis manos
y se queda conmigo
hasta mañana.
Cuánto dolor, tan lejos,
tan cerca, ya olvidado,
ya perdido y hallado,
ya encontrado conmigo.
Cuánta intención grandiosa
escupo en mal aliento
y me vuelvo a tragar
en sonidos extraños.
Tu voz no me atormenta,
no más que a los flamencos
la gaviota sombría
bajo el sol de Doñana,
mas temo tu presencia
lejos de mí, mañana,
se estremece mi cuerpo
y muere en la distancia.
Así mueren las crías
de las aves en Córdoba;
llora el lago rosado,
vuelan plumas malvas,
alba de amores huérfanos,
dolor en la ignorancia.
Mi voz se seca como
los viejos humedales;
el lodo se la lleva
como engulle a los pájaros,
en silencio, mirando
con los ojos cansados
en el recuerdo, que es
remordimiento, hastío,
impotencia en la muerte.
*
Estoy desnudo bajo cientos de tormentas
que descargan sobre mí rigurosamente
toda su ira contenida; todo el dolor
y todo el odio que pensara un ser humano.
Humedad, haces de luz, sórdida penumbra...
Solamente queda sufrir un poco más
para ver cómo al final se desgasta el grito,
para saber que lo que no pasa es la muerte.
Acción contenida; queda aún la palabra
que muda resuena en el tiempo de los vivos
y ésta sí es inmanente, imperecedera,
en nuestra alma rebota y se actualiza cierta.
Aún mi alma no ha encontrado mi única palabra,
todavía calla mi boca; el aguacero
truena más fuerte que late mi corazón
que no se apaga.
*
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