El mundo interior.
Vivía en lo más profundo del bosque, en
un claro de un valle junto a un río una familia de osos: papá, mamá, hijo e
hija. Innúmeras gotas de rocío en la mañana tapizaban el entorno en un campo de
perlas fulgurantes. Nuestros curiosos protagonistas iban a emprender una nueva
aventura en su incansable búsqueda por conocer y dar vida a sus fantasías más fabulosas.
Hoy se reencontrarían con unos pequeños amigos.
El camino del bosque era ya conocido y Osita regalaba su alegría a todos los animalillos que se encontraba: los pajarillos revoloteaban entorno a ella, los pequeños roedores pasaban rápidamente y se escondían para luego reaparecer, las ramas de los árboles le acariciaban y le hacían cosquillas y ella reía mucho y a veces llevaba en volandas a su hermano y a Osito le encantaba y siempre quería repetir hasta que su hermana terminaba exhausta. Pronto llegaron a su destino.
Se deslizaron por el tronco huero y bajaron hasta la casa de los gnomos. Al llegar les dieron la impresión de que estaban enfadados, pero inmediatamente cambiaron de actitud (los ositos ya conocían su carácter natural pero era engañoso, ya que en realidad eran unos seres muy amables y acogedores) y los recibieron con cariño y alegría. La raíz ensanchada había formado una especie de cueva que era la morada principal; tenía varias puertas enigmáticas que les llevarían a conocer su mundo interior.
Los gnomos abrieron una de ellas y les invitaron a adentrarse por un pasadizo estrecho pero bien iluminado por multitud de luciérnagas revoltosas que iban de aquí para allá. A Osito se le posó una en el hociquito como si quisiera guiarlo para que no se perdiera en la oscuridad. Le pareció escuchar una música lejana que llegaba desde lo más profundo. Continuaron avanzando un rato más mientras la raíz crecía cuando vieron otra puerta parecida a la que habían dejado atrás. Esta se abrió y les dio paso a un nuevo habitáculo.
La música sonó más fuerte y averiguaron el origen de aquella bella melodía. Otros gnomos estaban tocando unos instrumentos que los ositos no habían visto nunca. Les explicaron que sus casas subterráneas se comunicaban unas con otras en una inmensa red de raíces que abarcaba todo el subsuelo del bosque. Porque los árboles les proveían de todo lo necesario y se comunicaban así como ellos lo hacían. Pocas veces necesitaban salir a la superficie porque su mundo era ese; un universo maravilloso por descubrir para nuestros ositos.
Había habitaciones donde estudiaban, donde tocaban música, otras donde jugaban… Osita quedó maravillada al ver un hueco lleno de metales y piedras preciosas. Todo estaba organizado y cada cual tenía su tarea para aportar; esa era su forma de vivir, su forma de agradecer a los árboles que también dependían de ellos. Una comunión perfecta entre los seres del bosque.
Llegó el momento de regresar a casa para los ositos. Hoy habían aprendido cómo los gnomos dependían de los árboles y los árboles de los gnomos. Ahora sabían que todo estaba conectado y a partir de entonces verían la naturaleza con otros ojos. Una actitud nueva hacia los seres vivos que dependían unos de otros en un equilibrio que había que mantener con mucho amor y respeto.
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