17/09/2022

La forma astral 1

    

     De repente todo fue un poco más pequeño, o quizá algo más estrecho; todo lo que había a mi alrededor me hacía daño. Sentía que no tenía fuerzas para levantarme de aquella silla, así que desistí hacerlo, porque de pie o sentado, todo era lo mismo; dentro o fuera, parado o en movimiento, despierto o dormido, solo o acompañado, mi vida era oscura. Sentía que caía en la locura más febril y más indignante y ¿qué hacer yo ahora que todavía era consciente de mi estado? Aquella noche no fue más larga que otras que yo hubiera velado ‚ sin embargo‚ sí fue más extraña. Tenía una especial inquietud por el paso del tiempo, ya que ansiaba que rompiera el alba cuanto antes. Sin embargo‚ el tiempo era lento, o veloz, o más bien mi noción de éste era incorrecta, pero ni siquiera eso era motivo suficiente para caer en ese sueño de irrealidades que nos depara no ver nada aunque miremos y nos hace estar cansados sin tener sueño. Deseaba febrilmente sentir el frío de la mañana, que el tibio sol acariciara mi rostro y la brisa suave despeinara mis cabellos concediéndome casi amor, y sólo así enjugara mis lágrimas. ¡No puede haber dolor, no! O no debería haberlo cuando no hay motivo para no hacer algo y eso mismo carece de contenido subversivo. 

   

     Las señales horarias, la radio, el nuevo día... En fin, el despertar del mundo. ¡Con qué facilidad se desvanece toda la magia del silencio y la oscuridad! Los pajarillos desde mi ventana revolotean alocadamente porque se espera tormenta, y volando sin rumbo fijo se posan brevemente en las raquíticas ramas de los exiguos árboles de los jardines, pequeños árboles de agradables tonos verdes cuando el cielo se torna de un gris claro y luminoso, esperanza verde que se agita como el amante se ruboriza y protesta ante las caricias. Así me encuentro, y aún más quiero‚ este día cálido y luminoso,  febril, resplandeciente ante los ojos de quien llore, de quien ame, o de quien sea hoy yo (yo como una llama de candil al final de un callejón oscuro y solitario...). Pero la humedad en mi ventana me impide ver ahora lo que sueño, y aunque sea sólo sueño, mi gran sueño necesita algo de luz para sanarla, quererla, para construir en mi interior ese mundo de luz que todos necesitamos. Debo ya levantarme del sillón reconfortante en que me hallo sentado, y respirar el penetrante aroma del tomillo y el zarzal, del pino y el olivar, aunque sea en mi vaga memoria infantil, mientras miro al cielo para no ver el desolado paisaje que heredamos de nuestros padres y que igualmente fomentamos para nuestros hijos.

 

     Allí, a lo lejos en lo alto, bandadas de aves vuelan despacio, unas con rumbo sudoeste, otras hacia el sur este y todos los grupos van separados a una cierta distancia; parece que el mundo es suyo y no de otros. Mientras observo y deduzco el porqué de sus diferentes direcciones teniendo un mismo destino (que no era otro que el sur, dada la época del año en que estábamos), vuelvo a recordar mi niñez, no sé por qué, pero sin más me veo casi tan libre como los pájaros. 

 

     Llegó de repente la tarde y comenzó a caer rápida como quien la espera. Yo intentando pararla caí en un sopor profundo e hipnótico. Mi cuarto siempre en penumbras, aislado; yo sobre la cama, inerte. No soñaba aún o sí. Fui consciente en mi sueño que mi cuerpo zozobraba, o no mi cuerpo; solo algo de mí se alzaba desde los pies y mi cabeza como anclada se hacía pesada y se hundía en un vacío oscuro y ya todo mi yo caía hacia abajo, se precipitaba hacia algo desconocido a una velocidad imposible. Un miedo atroz, atávico, vital se apoderó de mí. Cuando ya creía que me iba a volver loco sentí como un chasquido en mi cabeza y entonces desperté. ¿Desperté? Intenté incorporarme y fue imposible; aún no había abierto los ojos. Los abrí despacio como un bebé que llega a un mundo desconocido, con todos mis sentidos abiertos y ya sin temor. Sentí cierta liberación. Al fin mis ojos se abrieron completamente y la luz lo invadió todo. (Continuará)

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