Nuevos amigos.
Vivía en lo más profundo del bosque, en
un claro de un valle junto a un río una familia de osos: papá, mamá, hijo e
hija. Una mañana de otoño, cuando el aire húmedo alzaba las aves madrugadoras y
las ramas más altas rasgaban el gris del cielo los hermanos oseznos ya
bostezaban perezosamente. ¡Tan perezosamente como puede bostezar un osito
hambriento! -¡A desayunar!-. Sonó desde algún lugar de la cabaña.
Los escalones de madera crujían bajo los pies de Osito, que bajaba torpemente aún dormido mientras su hermana le apremiaba para que fuera más rápido. En la cocina de la cabaña, la tenue luz que entraba por las ventanas casi se podía palpar y apenas iluminaba la estancia. Un desayuno opíparo les esperaba para comenzar con fuerzas el nuevo día. ¡Un día que iba a ser genial! El otoño es la mejor estación para los osos; hay abundancia de frutos. ¡Y eso les encanta! Por ello y lo que les esperaba ese día iba a ser muy especial e inolvidable.
Afuera, una fina niebla cubría la superficie del río y se pegaba a los arbustos y a las ramas de los árboles. La humedad se sentía agradable y los ositos vieron asombrados cómo aparecían las primeras setas entre la tierra y las finas hierbas. El bosque estaba plagado de árboles. Árboles altos, con poderosas ramas adonde los ositos les gustaba trepar. Algunos poseían misteriosos huecos en la base del tronco que siempre habían llamado la atención de Osita. Pasaron junto a uno de éstos y la pequeña se paró de repente sintiendo un escalofrío. –Diría que he oído voces…- Le comentó a su hermano.
Se pararon a escuchar. Y ciertamente se oían unas voces que surgían de lo más profundo del tronco huero. Como atraídos por una fuerza invisible de repente los hermanos se vieron dentro de aquel misterioso árbol bajando por sus anchas raíces a lo desconocido. Increíblemente el camino se ensanchaba cuanto más avanzaban. Osito, que al principio estaba un poco temeroso, ahora se sentía seguro e intrigado. Llegaron a una extensión iluminada.
Se encontraban dos seres parecidos a gnomos conversando airadamente. En seguida repararon en la presencia de los osos y, sorpresivamente, les recibieron con una ancha sonrisa. No pasó mucho tiempo para que surgiera una bonita amistad entre todos. Los gnomos le contaron a los ositos que hacía tiempo que los observaban por el bosque. Les hablaron de otros amigos fantásticos que lo habitaban y prometieron mostrárselos. Su gran sabiduría y amabilidad hacía que los hermanos se encontraran como en casa. Sin duda ése no iba a ser su único encuentro.
Llenos de alegría y sabiéndose garantes de los secretos maravillosos del bosque, los ositos regresaron a casa. Habían hecho nuevos amigos. Amigos que les volverían a sorprender en muchas ocasiones.
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