Juegos de invierno.
Vivía en lo más profundo del bosque, en
un claro de un valle junto a un río una familia de osos: papá, mamá, hijo e
hija. El gris de aquella mañana de invierno cubría la cabaña de los osos con su
espesura húmeda. Se habían asegurado víveres y todo lo necesario para pasar la
fría estación sin tener que hibernar. Ya saciados después del suculento
desayuno, los hermanos iban a emprender una nueva e ilusionante aventura.
La nieve había estado cayendo incesante durante toda la noche y los animalillos del bosque hacían su tímida aparición para conseguir alimento. Junto a la casa, el río bajaba lento y frío con escarcha. Osita le indicó a su hermano que siguieran el cauce hacia arriba y él la obedeció como hacía siempre. Al cabo de un rato llegaron a una zona donde el río se ensanchaba y para sorpresa de Osito allí no corría el agua. ¡Toda la superficie estaba helada! -¡Venga Osito, no tengas miedo!-.
La mayor corrió sorpresivamente desde la orilla hacia el hielo deslizándose con el impulso barriga abajo y patas extendidas. -¡Yupiiii!-. Osito se quedó mirándola con emoción y miedo; quería imitar a su hermana pero no se atrevía del todo. Empezó por tantear el suelo, caminando despacio en dirección hacia ella. Ya había llegado a mitad del ensanche cuando Osita estaba en la otra orilla exhausta y sin parar de reír. -¡Osito, no! ¡Así no, que es peligroso, deslízate!-. No había acabado la frase cuando ocurrió el accidente.
La fina capa de hielo se quebró bajo los pies del pequeño haciendo que éste cayera en un círculo de agua helada. -¡Hermano, no!- Osita contemplaba desesperada cómo Osito braceaba intentando incorporarse arriba sin éxito. -¡Aguanta, que busco ayuda enseguida!-. En un suspiro llegó a casa y trajo a papá Oso a la velocidad del rayo. Osito aún resistía gracias a su gruesa piel que lo protegía del frío, pero no por mucho más tiempo. Papá miró a su alrededor buscando cómo ayudar a su hijo. Cerca se elevaba un árbol medio podrido cuyo largo tronco aún resistía en pie.
Con una fuerza descomunal papá Oso derribó el tronco y éste cayó poco a poco en dirección a Osito. Con la suerte que se posó justo a su lado. Pero a Osito no le quedaban ya apenas fuerzas para sacar los brazos del agua y su cabeza se hundía y le costaba respirar. -¡Agárrate al tronco, venga, que tú puedes!- Su padre sabía que era la única alternativa que tenía para salvarlo, pues el hielo se hubiera vuelto a romper si se acercaba a él. Osita lloraba con desesperación cuando el cuerpo de Osito desapareció bajo las gélidas aguas.
Osito de repente se vio volando en las alturas con su amigo el pequeño unicornio, feliz y libre, riendo y jugando… Entonces escuchó en una extraña lejanía la voz apagada de su padre. Creyó oír algo como saltar hacia arriba con los brazos en alto. –Ya lo hago, papá, mira- Tomó impulso sobre el lomo del unicornio y de repente todo desapareció y volvió el frío y notó sus garras asidas al tronco de un árbol que ya lo arrastraba hacia la orilla del río. Una vez a salvo hicieron una hoguera para calentarlo rápidamente y se recuperó enseguida.
Volvieron a la seguridad de la cabaña ya más tranquilos después del susto. Habían aprendido otra lección de supervivencia en el bosque. Hoy sería un día que no olvidarían jamás para ser más prudentes en sus juegos de invierno.