Primera parte.
Vivía en lo más profundo del bosque, en un claro de un valle junto a un río una familia de osos: papá, mamá, hijo e hija. Caía la tarde entre un revuelo de hojas que volaban caprichosamente alrededor de nuestros jóvenes amigos. Osito y Osita se balanceaban impetuosamente en el columpio del árbol junto a su casa; cuando llegaba a lo más alto del impulso, Osito observaba cómo el cielo estaba decolorándose del azul al púrpura. Su hermana le llamó la atención señalándole un puntito brillante que empezaba a aparecer en la lejanía.
Un manto de estrellas les cubrió en unos instantes. -¡Osito, mira aquella grande, esa que más brilla!-. Osita conocía una historia apasionante del mundo de los astros y soñaba con viajar allí aun más lejos de las islas de sus amigos los Unis; deseaba ávidamente desentrañar todos los misterios que iban conformándose en sus primeros pensamientos. Y pronto, muy pronto, viviría junto a su hermano otra aventura increíble.
Acurrucados en sus camas ya dormían plácidamente nuestros oseznos entre fabulosos sueños de mundos imaginarios y animales fantásticos. Con un suave chasquido, Osita se precipitó hacia el cuarto de su hermano, donde se reunió con él. Dos ositos de peluche fulgurantes se deslizaban ahora por la telaraña de un universo sutil hacia adonde su voluntad más pura les llevara entre inciertas luces y espesas sombras.
La inconmensurabilidad del universo ya estaba ante ellos y en unos instantes, ambos de la mano, llegaron a la estrella más brillante. Tres pelotitas giraban en torno a ella: roja, azul, marrón. Guiados por una corriente extraña hacia el planeta azul, se entreveraron con nubes blancas y grises bajo las que apareció un gran océano turquesa de aguas tranquilas. Aguas traslúcidas. ¡Les esperaba un merecido chapuzón!
Sin más deseo que conocer lo que se les presentaba, se vieron sumergidos en el vasto océano. Osito estaba maravillado y no sentía ningún temor cuando su hermana lo miraba señalándole aquí y allí. La claridad de las profundidades les dejaba ver detalles precisos: formaciones montañosas, amplias llanuras al fondo de variados colores y estructuras que parecían artificiales se erigían solemnes como ciudades. ¡Entonces llegó el momento de conocer nuevos amigos!
Segunda parte.
Vivía en lo más profundo del bosque, en un claro de un valle junto a un río una familia de osos: papá, mamá, hijo e hija. Algo pasó rápidamente detrás de nuestros pequeños amigos; sin embargo no tuvieron miedo porque podían contemplarlo todo a la vez, incluso sin girarse. Era una sensación extraña y a la vez reconfortante. Ese “algo” se presentó delante de ellos al fin. ¡Un delfín! O eso les pareció al principio. El ser de ese mundo les habló amablemente, pero no con palabras, sino más bien con su sonrisa, a través del pensamiento. Un ser maravilloso que les iba a mostrar su hogar.
Delfi les invitó a conocer su planeta, su familia. Eran muchos como ella y vivían en una sociedad organizada donde no les faltaban recursos y tenían mucho tiempo libre para estudiar y jugar. Las construcciones que habían avistado antes eran sus casas, ¡y eran chulísimas! Por dentro parecían laberintos con pasadizos estrechos y habitaciones donde se ordenaban los alimentos, salas amplias para leer y jugar y cuartos para dormir. Sin embargo rápidamente supieron que no eran los únicos habitantes de ese mundo.
Los ositos no podían salir de su asombro, aun más cuando Delfi les invitó a una excursión donde conocieron a nuevos amigos: especies de pulpos transparentes, peces de variadas formas y colores además de paisajes maravillosos componían el mundo que acababan de conocer y que no se les olvidaría jamás.
En medio de esa ensoñación, Osito se vio de pronto en su cama acostado. Estaba un poco confuso, pero feliz. Corrió al cuarto de su hermana donde ella acababa de despertar también. Esa noche fue especial. ¡Habían conocido nuevos amigos!
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